El horror mal contado: por qué La Posesión de la Momia no funciona

Póster oficial de la película La Posesión de la Momia

Por: Julio César

Después de ver La Posesión de la Momia, queda una sensación incómoda. Algo en esa figura vendada no termina de encajar con la realidad, pero tampoco con la ficción. 


Lejos de las maldiciones cinematográficas, la momificación en el antiguo Egipto no era un acto caprichoso para “conservar un cuerpo”, sino un proceso preciso diseñado para asegurar la continuidad de la existencia en otra dimensión. Cada corte, cada vendaje y cada ritual respondían a una lógica espiritual. En este artículo te explico cómo era realmente este proceso —paso a paso— y por qué La Posesión de la Momia se queda a medio camino entre la ficción y una idea que nunca termina de tener sentido.

El inicio: intervenir el cuerpo para conservar el alma

La momificación en el antiguo Egipto no era un acto improvisado. Era un proceso que tomaba cerca de setenta días y que estaba a cargo de sacerdotes especializados. Estos no sólo seguían rituales religiosos, también poseían un conocimiento preciso del cuerpo humano.

Todo comenzaba con una de las prácticas más perturbadoras. El cerebro era extraído a través de la nariz. Para lograrlo, se introducían instrumentos delgados y curvos que permitían fragmentar el tejido y retirarlo poco a poco. Era una operación delicada. Un error podía deformar el rostro, y el rostro era clave para la identidad del difunto.

Después, se abría el cuerpo mediante una incisión en el costado izquierdo del abdomen. A través de ella se retiraban los órganos internos más propensos a descomponerse: estómago, hígado, pulmones e intestinos. El corazón, sin embargo, se dejaba en su lugar, ya que se creía que era el centro de la inteligencia y la esencia del individuo.

Los órganos: fragmentos que también debían sobrevivir

Los órganos extraídos no se desechaban. Se trataban cuidadosamente y se colocaban en recipientes especiales que hoy conocemos como vasos canopos. Estos acompañaban al difunto en su tumba.

En periodos posteriores, algunos órganos eran tratados, envueltos y reintroducidos en el cuerpo. Sin embargo, los vasos canopos seguían formando parte del ritual funerario, incluso cuando ya no contenían los órganos.

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El silencio del secado: cuando el cuerpo deja de ser cuerpo

Una de las etapas más determinantes era la deshidratación. El cadáver se cubría completamente con natrón, una sal natural con una enorme capacidad para absorber la humedad. También se colocaban paquetes de esta sustancia en el interior del cuerpo.

Durante días, el cuerpo se transformaba. La humedad desaparecía, los tejidos se contraían y la figura humana quedaba reducida a una versión seca, rígida y sorprendentemente reconocible.

Una vez terminado este proceso, se retiraba el natrón y el cuerpo se limpiaba. Para devolverle cierta apariencia de vida, se rellenaban las cavidades con lino y otros materiales. Se añadían ojos artificiales y se reconstruían algunas zonas hundidas. Era una forma de asegurar que el alma pudiera reconocerse.

El vendaje: capas, símbolos y protección

El siguiente paso era envolver el cuerpo. Y no se trataba de hacerlo de cualquier forma. Se utilizaban cientos de metros de lino, colocados con precisión. En muchos casos, cada dedo era envuelto individualmente antes de cubrir manos y pies.

Entre las capas se colocaban amuletos protectores. También se incluían fragmentos de tela con inscripciones: oraciones, palabras rituales o fórmulas mágicas destinadas a proteger al difunto en su tránsito al más allá.

En diferentes momentos, el cuerpo era recubierto con resinas calientes que ayudaban a sellar las vendas. Este proceso creaba una especie de coraza que fijaba todo en su lugar. Finalmente, se colocaba un sudario exterior que completaba la momificación.

La tumba: un espacio preparado para otra vida

Mientras el cuerpo era tratado, la tumba también se preparaba. Artesanos y trabajadores llenaban el espacio con objetos que el difunto necesitaría en la otra vida: muebles, estatuillas y representaciones de alimentos.

Para los egipcios, estas imágenes no eran decorativas. Creían que, mediante un proceso mágico, se transformarían en objetos reales cuando fueran necesarios. 

El ritual final: devolver los sentidos

El funeral incluía ceremonias fundamentales. La más importante era conocida como la “Apertura de la Boca”. Durante este ritual, un sacerdote tocaba distintas partes del cuerpo momificado con un instrumento especial.

El objetivo era devolverle simbólicamente sus sentidos: la capacidad de ver, hablar, oír y alimentarse. Era el último paso antes del viaje al más allá.

Después de esto, la momia se colocaba en uno o varios ataúdes dentro de la cámara funeraria. La tumba era sellada, y el proceso llegaba a su fin.

No todos los muertos eran tratados igual

Aunque este procedimiento puede parecer uniforme, la realidad es que variaba según el nivel económico.

El historiador griego Heródoto describió tres tipos principales de momificación:

El método más costoso incluía la extracción completa de los órganos, la limpieza con sustancias aromáticas, el relleno del cuerpo con especias como mirra y casia, y un elaborado proceso de vendaje con lino fino.

El método intermedio evitaba la extracción manual de órganos. En su lugar, se introducía aceite de cedro en el cuerpo, el cual disolvía los órganos internos. Después del secado con natrón, el líquido era expulsado, dejando una estructura reducida a piel y huesos.

El método más sencillo, destinado a los más pobres, consistía en limpiar el cuerpo de manera básica y dejarlo secar con natrón durante el tiempo establecido. No había reconstrucción ni detalles adicionales.

El verdadero motivo: una obsesión con la vida

A primera vista, estos rituales podrían interpretarse como una obsesión con la muerte. Pero en realidad reflejan lo contrario.

Los antiguos egipcios creían que la vida continuaba después de la muerte, y querían asegurarse de que esa transición fuera posible. Para ellos, el cuerpo era el hogar de varias entidades espirituales: el ka, que permanecía en la tumba; el ba, que podía salir y regresar; y el akh, que debía atravesar el inframundo.

Si el cuerpo se destruía, ese equilibrio podía perderse.

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Entonces… ¿qué vimos realmente en pantalla?

Después de entender el proceso real, la propuesta de La Posesión de la Momia empieza a fracturarse desde su propia base. Lo que presenta no es, en sentido estricto, una momia. Y tampoco es una posesión en el marco espiritual que sugiere.

La momificación no es un ritual parcial ni un procedimiento flexible. Es un proceso cerrado, meticuloso. La idea de que un demonio habite ese cuerpo introduce una segunda capa que tampoco termina de sostenerse. Si la entidad presentada en la película tiene una base bíblica, entonces existen métodos igualmente definidos para enfrentarla: expulsión, confrontación espiritual, rituales específicos que no dependen de conservar un cuerpo, sino de liberarlo.

Entonces, no es momificación en el sentido real. No es posesión en el sentido religioso. Es una mezcla de ideas que, al unirse, pierden fuerza en lugar de volverse más perturbadoras.

¿Te dio miedo La Posesión de la Momia… o te dejó más preguntas que sustos? Te leo en los comentarios.

Editor-in-Chief: Julio César. Productor y Conductor de Todo el mundo ve cosas.

IG: @imjucesar

Fuentes:

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