Agua bendita, sombra maldita

No es superstición. Es costumbre: no acercarse al pozo cuando el sol se va, porque algo allá abajo estira la mano.
Por Julio César, Productor y Conductor de Todo el mundo ve cosas | Instagram |
Cuando el sol se va, el pozo deja de ser un lugar seguro. (Foto: Pexels)
En Tenabo, los pozos están en los patios, abiertos, sin tapa, respirando.
Todos saben que esas corrientes traen vida… y algo más.
Algo que no necesita nombre. Algo que vive cómodo en la negrura húmeda, esperando.

De día el pozo parece inofensivo.

Se alcanza a ver el fondo, la piedra mojada, el reflejo del cielo roto en el agua.

Pero cuando el sol cae, la oscuridad se vuelve espesa, como aceite viejo.

No es sombra normal. Es presencia. Ocupa el hueco. Se queda ahí, quieta, escuchando.

—No te acerques cuando ya se fue el sol —dicen los viejos—. El pozo despierta.

No empuja. Nunca empujó.

La sombra saca la mano. De pronto, sin aviso, una mano negra sale del pozo. Larga, huesuda, húmeda.

Agarra tobillos, muñecas, la ropa. Jala con fuerza. Un tirón seco y directo, como si el pozo tuviera hambre.

Algunos gritan. Otros ni tiempo tienen.

Hombres, mujeres, niños, viejecitos… da igual.

A veces los sacan vivos, temblando, con los ojos perdidos y la voz rota.

La mayoría no vuelve.

Cuando el agua los regresa, vienen azules, rígidos, con la cara congelada en un susto eterno.

—Se los llevó el pozo —dicen—. Ya le tocaba.

En temporada de lluvias es peor.

La sombra llega temprano. El cielo truena y el pozo se llena de una oscuridad más profunda, más vieja.

Aun de día, la mano puede salir.

Don Ché la vio.

Fue una tarde de tormenta. Venía molido del campo y sólo quería agua para el baño.

Jalaba la soga rápido, nervioso. El viento gritaba. El pozo respondía con ecos.

Entonces cayó el rayo.

La luz bajó hasta el fondo y, por un segundo sucio, Don Ché vio algo mirándolo desde abajo.

No supo decir qué era. Sólo supo que tenía forma… y que lo estaba esperando.

Soltó la cuerda y corrió.

Desde ese día, Don Ché no se acerca a los pozos cuando la luz empieza a morir.

Y cuando alguien pregunta, sólo dice lo mismo, sin mirar a nadie:

—El pozo no duerme.

—El pozo jala.


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