| El Huay Chivo emerge entre las sombras de Sahcabmucuy, una figura que —dicen— no debe mirarse a los ojos cuando cae la noche. (Foto: Pexels) |
Se pudre bajo la luna, entre muros rotos, corrales oxidados y vacas que presienten la muerte antes que los hombres.
Ahí, cuando el monte se acerca demasiado, el Huay Chivo baja de la espesura.
Huay.
Way.
Brujo.
Hombres que aprendieron a rezar al revés. Palabras negras mascadas con saliva espesa.
Cinco saltos hacia atrás. Cinco. El último rompe la carne y deja salir al animal.
Las vacas empezaron a enloquecer. Mugían mirando al monte, pateaban la tierra, rompían cercas.
Algunas amanecían mordidas, sangrando todavía vivas.
El olor era lo peor: sangre caliente, humedad vieja, miedo fermentado.
Por eso pusieron un velador.
Aquella noche, la luna parecía enferma.
El velador caminaba entre los corrales con una linterna temblorosa y una carabina cargada.
El silencio pesaba como metal. Entonces escuchó el berrido.
No era un sonido animal.
Era una advertencia.
El Huay Chivo apareció en el camino. Negro. Enorme. Torcido.
Los ojos rojos encendidos como focos de un infierno rural.
Bajó la cabeza y raspó el suelo con los cuernos. El hedor golpeó al velador en la cara.
Las vacas entraron en pánico.
El velador levantó la carabina. El dedo temblaba. El corazón golpeaba las costillas. Disparó.
El balazo no lo mató, pero lo hirió. La sangre oscura salpicó la tierra.
El Huay Chivo lanzó un berrido que no era de animal, sino de hombre, y salió corriendo hacia el monte, perdiéndose entre las ruinas y los árboles.
Al amanecer, encontraron el rastro de sangre. No había cuerpo.
En Sahcabmucuy se sabe lo que eso significa.
Cuando un Huay Chivo es herido de muerte, no se queda a morir como un animal común.
Corre hasta las vías del tren y se lanza contra la bestia de hierro cuando pasa de madrugada.
Así, su cuerpo queda destrozado y todos creen que fue un accidente.
Pero cuando la herida no es mortal, el Huay Chivo se esconde. Se cura solo, como si la noche cerrara la carne.
Y cuando sana, decide si vuelve… o si cuelga los cuernos para siempre.
Esa vez, nadie apareció muerto en las vías.
Pero durante semanas, el monte guardó silencio.
Las vacas dejaron de mugir de madrugada.
Y el aire dejó de oler a sangre.
En Sahcabmucuy, eso sólo puede significar una cosa:
el Huay Chivo sobrevivió.
Y algún día, cuando la noche vuelva a pudrirse, volverá también.
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