Pomuch: donde los muertos vuelven a casa

La limpieza de huesos y la cosmovisión maya que dan sentido al Día de Muertos en Campeche. 

Por Julio César, Productor y Conductor de Todo el mundo ve cosas | Instagram |

La panadería La Huachita siempre ostenta calaveras gigantes en su fachada, un guiño festivo que anuncia la llegada del Día de Muertos en Pomuch. (Foto: Todo el mundo ve cosas)

En Pomuch, Campeche, el aire cambia a finales de octubre. Huele a pan recién horneado, a flores de cempasúchil, pero también a polvo antiguo. Es un aroma inconfundible, mezcla de tierra y memoria, que anuncia que los muertos están por volver a casa.

Aquí, el Día de Muertos no se celebra con disfraces ni calaveras de azúcar. En este rincón del Camino Real, el reencuentro con los difuntos ocurre de la forma más literal posible: limpiando sus huesos.

Un silencio que respira

El cementerio de Pomuch no tiene el silencio pesado de otros panteones. Sus pasillos parecen murmurar. Cada tumba guarda un nombre, una historia y un pequeño cofre de madera. Dentro, los huesos descansan sobre paños bordados con flores, palomas o cruces.

Cada año, antes del Día de los Finados —como lo llaman los antiguos—, las familias abren las urnas y comienzan el ritual. Retiran el polvo, acomodan los huesos, los limpian con cuidado. No hay llanto. Sólo murmullos y respiraciones contenidas.

“Nada debe perderse”, explica el maestro Hilario Tuz, investigador local. “Entendemos que es un proceso de sacralidad importante donde no puedes perder absolutamente nada”. Hasta el polvo que se desprende del hueso se guarda en una bolsita. Si se extravía, se rompe el equilibrio entre el cuerpo y el alma.

En Pomuch, la muerte no termina el vínculo familiar, lo fortalece. Quien limpia los huesos de un ser querido no está recordando al pasado; está conversando con él.

Los guardianes del osario

Años atrás, ociosos y estudiantes de enfermería intentaron llevarse huesos del cementerio, y algunos lo consiguieron. La comunidad respondió con enojo y temor. Según los ancianos, las familias del difunto afectado deben rezar una novena completa para pedir perdón a los dioses.

En Pomuch, un robo de huesos no pasa inadvertido. Cuando algo así ocurre, el sacerdote maya devuelve el equilibrio: entrega esos huesos al viento, la tierra y el rayo. No es castigo, es restitución. En la cosmovisión maya, incluso los restos del difunto guardan poder. Y quienes alteran su descanso, dicen, terminan marcados por la enfermedad o la desgracia.

Durante el Festival de Día de Muertos “Pomuch para el Mundo”, los habitantes comparten su legado con visitantes de México y del extranjero. Pero no es una atracción turística cualquiera. Los pomuchenses son celosos guardianes de su cementerio.

Tres años bajo tierra

Los difuntos de Pomuch reposan bajo tierra tres, cuatro o cinco años antes de ser exhumados. Cuando llega el momento, los sepultureros retiran la tierra con respeto. Si los huesos aún conservan piel, los mayores dicen que la persona “tomó mucho medicamento”. 

La primera limpieza de huesos es la más emotiva. Se lavan las extremidades grandes primero, luego las pequeñas, y al final, el cráneo. “Es como bañarlos para una gran fiesta”, dice una mujer del pueblo mientras acomoda los restos de su madre. “Así sabe que no la hemos olvidado”.

Los paños del alma

Cada osario tiene un paño diferente, bordado con símbolos que cuentan quién fue el difunto. “Si es un niño, se coloca una paloma en el paño; si es un adulto varón, se coloca una cruz; si es una mujer, son flores”, explica Josefa Elydé Osorio Medina, Directora del Archivo General del Estado de Campeche.

En los últimos años, los bordados han comenzado a desaparecer. Ahora se ven más paños pintados. Algunos lamentan el cambio. Otros lo ven como una forma natural de adaptación. Pero no todos están conformes con las transformaciones. 

Desde que se popularizó el Festival de Día de Muertos, turistas y cámaras han invadido el cementerio durante las limpiezas. Hay quienes cobran por dejarse grabar, algo que muchos habitantes consideran un acto irrespetuoso.

“Esto no es un espectáculo”, advierte la agrupación cultural Maya Kin, organizadora del festival. “Es un ritual sagrado. Aquí no hay fantasmas que asustan, sino almas que regresan porque las amamos”.

Un pan, una ofrenda, una metáfora

Pomuch también es famoso por su pan. Al caer la tarde, el aroma a masa recién horneada se cuela por las calles, tibio y dulce, como un recuerdo. En los días de los Finados, los hogares preparan el pibipollo, algo parecido a un tamal enorme envuelto en hojas de plátano y cocido bajo tierra. Es un alimento tradicional de toda la Península de Yucatán, ofrecido a los muertos junto al pan que perfuma el pueblo entero.

Más que alimento, el pibipollo es una representación simbólica del cuerpo humano:
La masa es la carne.
El frijol, la descomposición.
El pollo o cerdo, los huesos.
El k’ool, la sangre.
Las hojas de plátano, la piel que envuelve.
Y los amarres hechos con corteza de pixoy marcan los cuatro puntos cardinales, el camino por donde las almas regresan a casa, señala Harold Fernando Amábilis Zetina, Subdirector en la Autoridad del Patrimonio Cultural del Estado de Campeche.

No es casualidad que el maíz —base del pibipollo— se coseche en octubre. En la cosmovisión maya, el maíz es el origen y el final

“La cosecha del maíz simboliza el fin de la vida, mientras que la preparación de la milpa (tumba del monte) en los meses posteriores, marca de nuevo un ciclo de vida”. 

El día en que los muertos caminan

En Pomuch, no se habla de “Janal Pixán”. Los antiguos mayas, incluso los mayas cristianizados, lo llamaron Día de los Finados, y así lo mantienen quienes buscan preservar la tradición. La frase  “Janal Pixán, que significa “la comida para las ánimas” en maya, fue popularizada por las escuelas en los años ochenta, cuando los concursos de altares se extendieron por la Península de Yucatán.

Mientras los visitantes encienden velas y toman fotografías, los habitantes de Pomuch murmuran oraciones antiguas. El viento sopla sobre los huesos recién “lavados”. El sol se pone justo detrás del cementerio, como si quisiera recordar que cada ocaso es también un nacimiento.

Un patrimonio que aún respira

La Limpieza de los Santos Restos es un ritual funerario que la comunidad maya de Pomuch mantiene vivo desde tiempos antiguos. En agosto de 2017, fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Campeche, reconocimiento que busca preservar una tradición única en el mundo. Sin embargo, la práctica aún carece de un plan de manejo que garantice su protección y autenticidad.

El Día de Muertos en Pomuch no es un espectáculo ni una tradición museificada: es una costumbre viva, tejida con respeto, amor y un toque de misterio. Quienes presencian por primera vez la limpieza de huesos aseguran sentir una energía densa, pero serena. No es miedo, sino el reconocimiento de que la muerte también respira, y de que la línea entre los vivos y los muertos se vuelve casi invisible.

Contar con un plan de manejo, advierten los expertos, es esencial para evitar que la modernidad introduzca elementos ajenos y desdibuje la esencia espiritual de este ritual ancestral.

Donde los muertos nunca se van

Cuando cae la noche, el cementerio se ilumina con velas. Las familias cierran las cajas, colocan flores frescas y rezan. Luego, regresan a casa, donde los esperan los altares dispuestos hacia el oriente y poniente, siguiendo el camino del sol.

En Pomuch, la muerte tiene rostro, voz y olor. No asusta. Acompaña. Y mientras el mundo celebra con máscaras, este pequeño pueblo del sur de México sigue limpiando huesos, manteniendo viva una tradición que habla, con respeto y un estremecedor cariño, del destino que todos compartimos.

¡Nos vemos el 31 de octubre en Pomuch!


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