| Dicen los viejos que la Ixtabay sólo se muestra a quienes ya caminan torcidos por el alcohol y la noche. (Foto: Pexels) |
Son bocas.
O eso dicen los viejos.
Los que siguen vivos.
Los que regresaron con los ojos rotos y la voz temblorosa, o conocen a alguien que no volvió nunca.
En Tenabo se sabe desde siempre: el pich es un portal, una grieta mal cerrada entre este mundo y el otro.
Ahí se aparece la Ixtabay.
No llega como la cuentan en los cuentos para asustar niños, sino como de verdad viene: mujer hermosa, demonio paciente.
Se le muestra a los borrachos cuando la noche ya huele a trago rancio y culpa, cuando la cabeza pesa y el alma está floja.
Nunca enseña el pie de chivo ni el de gallo. Eso lo guarda para el final.
Oculta el rostro bajo una cortina de cabello negro, largo y lacio, cayéndole como una sombra viva hasta la cintura.
No camina: desliza. No llama: atrae.
La Ixtabay caza borrachines de cantina, de esquina, de patio.
Hombres que gastaron la quincena creyendo que el alcohol los iba a salvar de algo.
Se aparece vestida de hipil blanco, limpia, hermosa, mestiza perfecta… pero con algo podrido respirándole por dentro.
Don Porfirio fue uno de ellos. Jornalero de milpa, manos duras, hígado cansado.
Esa noche llevaba más copas de las que podía contar.
La vio. La siguió.
Y cada vez que se acercaba, ella avanzaba unos pasos más, llevándolo suave, lento, directo al pich más cercano.
Le hablaba por su nombre. No como mujer. Como ave que encanta… pero sonaba más a serpiente avisando que ya es tarde.
Cuando quiso reaccionar, el árbol ya lo estaba tragando.
La Ixtabay no lo tocaba con manos delicadas, sino con una fuerza invisible, como viento furioso arrancando raíces.
Don Porfirio escapó de milagro. Vivió para contarlo.
Y como siempre pasa, los jóvenes dijeron que eran cuentos de viejos borrachos.
Hasta aquella madrugada.
Venían regresando del luz y sonido, como le dicen en Tenabo a las discotecas móviles.
Eran las tres.
La noche estaba espesa.
Al llegar a la cancha de basquetbol del centro, la vieron: una mujer sentada en la banca junto a las palmas de coco.
Tres corrieron. Dos se quedaron clavados al piso.
La mujer se puso de pie.
No caminó. Flotó.
Avanzó lento, como si el aire la empujara.
Los cuerpos de los dos muchachos no respondían. El miedo los había apagado.
Uno de los que huyó regresó, los empujó por la espalda, los arrancó de ese hechizo.
Así escaparon. Así sobrevivieron.
Los viejos dicen que la Ixtabay no tiene un sólo territorio.
Puede surgir del pich más cercano al pueblo o del monte profundo.
Se lleva cazadores. Se lleva pescadores.
Aparece donde hay oscuridad, alcohol y hombres que creen que nada malo puede pasarles.
Y casi nadie vuelve.
Los que lo hacen, ya no miran los árboles igual.
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